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EL MISTERIO DE LAS MUERTES EN CASTILLOS

De acuerdo a un reporte del periodista Leonardo Pereyra para el diario El Observador, en Castillos los perros no ladran. El dato parece casi sobrenatural y, sobre todo, inútil para explicar la ola de suicidios que ha colocado a esa ciudad de nuestro departamento en un lugar, dijeran los cronistas policiales, tristemente célebre.
En Castillos los perros no ladran porque, según dijo el psicólogo Andrés Copelmayer al citado cotidiano, acompasan un perezoso silencio que es acompañado por el constante viento que recorre las calles de esa ciudad de poco más de 7.000 habitantes.
 "Cuando uno va a Castillos, nota ese silencio. Y el silencio, etimológicamente, tiene que ver con la ausencia de alguien, con la muerte", apunta Copelmayer, quien se dispone a encabezar una investigación en el lugar de los hechos para saber qué hay detrás del misterio.
 Más allá de ese silencio desolador y constatable, lo cierto es que la tasa de suicidios en Castillos quintuplica a la ya altísima cantidad de eliminaciones que azotan a Uruguay, donde dos personas por día se dan muerte por mano propia. Ante la ausencia de respuestas, los castillenses le dan alcances míticos a las razones de esa violencia.
 Dicen que en el subsuelo hay una piedra magnética que hipnotiza a la gente; suponen que el agua que beben lleva contrabandeada una sustancia maligna que los empuja a matarse. Los especialistas que han abordado el tema no le encuentran explicación al drama. Para peor, en Castillos se muere pero no se nace.
 En esa ciudad no hay maternidad y, para parir, las mujeres tienen que trasladarse a la capital de Rocha. En Castillos nadie se siente a salvo. Cada vez que una persona se suicida, otras dos, a la brevedad, le siguen en ese camino. Y puede tratarse de cualquiera. Claudia Sena, una castillense que dio su testimonio, narró que en su familia ya hay ocho suicidados.
 "Mi tía, cada vez que una persona se quitaba la vida, se preguntaba cómo podía hacer eso, cómo tenía la valentía de hacerlo. Y, sin embargo, ella lo terminó haciendo de una manera espantosa", cuenta Sena. Incluso, la Policía del lugar sabe que hay gente que viaja a Castillos para suicidarse. Y que la gente que se va de Castillos se salva de ese destino. Con estos datos no es raro que los castillenses crean que el peligro es irradiado desde el suelo de su ciudad, localizada a pocos kilómetros de la visitada costa oceánica rochense y de la frontera con Brasil.
 Una ubicación privilegiada si se piensa en otros pueblos del interior del país que están aislados en medio del campo. Sin embargo, los castillenses viven sumidos en la tradición de una ciudad detenida en el tiempo.
 Muchas casas de Castillos son una galería de muebles antiguos estimados por los anticuarios; las tradiciones perduran en las costumbres y sus habitantes suelen permanecer, literalmente, estacionados. "Cuando en otros lugares hay escasez de nafta, seguro que en la estación de servicio de Castillos tienen combustible. Son pocos los que salen de la ciudad", dijo un estudioso de este fenómeno.  El nombre original del pueblo, San Vicente Mártir de Castillos, también remite al sufrimiento de la carne. Vicente era un diácono español que fue torturado con especial saña por parte de los romanos para que abjurara de sus creencias cristianas. Primero amarraron con cuerdas sus pies y sus manos y tiraron en las cuatro direcciones; luego lo apalearon y, finalmente, lo pusieron sobre una parrilla al rojo vivo mientras echaban sal a sus heridas.
A centenas de años de ese martirio, las heridas de Castillos, esas muertes por mano propia de personas a las que no hay ni un perro que les ladre, siguen abiertas. Y, por ahora, todo augura que seguirán sangrando.

Fuente: Lascanense.com Victor Velazquez